Anne Carson: Ensayo sobre aquello en lo que más pienso

EL error.

        Y sus emociones.

        Al filo del error hay un estado de miedo.

        En medio del error hay un estado de insensatez y derrota.

        Advertir que se ha cometido un error despierta vergüenza y remordimiento.

        ¿De veras?


        Analicémoslo.

        Mucha gente, incluido Aristóteles, considera el error

        un suceso mental interesante y valioso.

        En su análisis de la Retórica

        Aristóteles señala que hay 3 clases de palabras.

        Desconocidas, específicas y metafóricas.


        “Hay, sin duda, palabras que nos son desconocidas,

        mientras que las específicas las conocemos ya; 

        pero lo que principalmente consigue darnos [alguna enseñanza y mayor placer] es la metáfora”

        (Retórica, 1410b10-13).

        ¿En qué consiste el placer de la metáfora?

        Aristóteles dice que la metáfora parece que la mente se experimente a sí misma

        en el acto de cometer un error.

        Él se imaginaba la mente moviéndose sobre una superficie plana

        de lenguaje ordinario

        cuando de pronto

        esta superficie se rompe o se complica.

        Lo inesperado emerge.


        Al principio parece extraño, contradictorio o equivocado.

        Luego cobra sentido.

        Y, en ese instante, según Aristóteles,

        la mente se vuelve sobre sí misma y dice:

        “¡Es verdad, y sin embargo lo malinterpreté!”

        De los errores genuinos de la metáfora se puede aprender una lección.


        No sólo que las cosas son distintas de lo que parecen,

        y por eso las malinterpretados, 

        sino que esta equivocación es valiosa.

        Aférrense a ella, dice Aristóteles, 

        hay mucho que ver y sentir ahí.

        Las metáforas le enseñan a la mente 


        a disfrutar del error y 

        a aprender 

        de la yuxtaposición de lo que es y lo que no es.

        Hay un proverbio chino que afirma,

        El pincel no puede escribir dos caracteres de un solo trazo.

        Y sin embargo


        esto es lo que hace un buen error.

        Ahí va un ejemplo.

        Es un fragmento de un poema lírico de la antigua Grecia

        que contiene un error de aritmética.

        El poeta no parece saber

        que 2+2=4.


        Alcmán, fragmento 20:

             [?]tres estaciones hizo, el verano,

             el invierno, y el otoño la tercera,

             y la cuarta la primavera, cuando

             las plantas echan brotes, pero comer en abundancia

             no es posible.


        Alcmán vivió en Esparta en el siglo VII a. C.

        Bien, Esparta era un estado pobre

        y es improbable 

        que Alcmán llevara una vida próspera o bien alimentada.

        Este dato constituyen el fondo de sus comentarios 

        que culminan en hambre.


        Sentimos siempre el hambre 

        como un error.

        Alcmán nos hace experimentar ese error 

        con él 

        gracias a su uso eficaz de error computacional.

        Ante un pobre poeta espartano 


        sin nada en la alacena 

        al final del invierno 

        se presenta la primavera 

        como una nueva ocurrencia de la economía natural, 

        la cuarta en una serie de tres, 

        descabalgando su aritmética 


        y encabalgando su verso.

        El poema de Alcmán se detiene a medio camino de un yambo 

        sin molestarse en explicar 

        de dónde vino la primavera 

        o por qué los números no nos ayudan 

        a controlar mejor la realidad.


        La tercera, que logra poner en juego 

        algunas cuestiones metafísicas fundamentales 

        (como Quién hizo el mundo) 

        sin un análisis explícito.

        Cabe advertir que el verbo “hizo” en el primer verso

        no tiene sujeto [?]


        Es muy poco habitual en griego 

        que un verbo no tenga sujeto, de hecho 

        es un error gramatical.

        Los filólogos más rigurosos nos dirán 

        que este error no es más que un accidente de transmisión, 

        que el poema tal y como lo conocemos 


        es sin duda un fragmento desprendido 

        de un texto más extenso 

        y que Alcmán seguramente 

        nombraba al agente de la creación 

        en los versos precedentes.

        Puede que así sea, en efecto.


        Pero, como saben muy bien, el objeto primero de la filología 

        es reducir todo placer textual 

        a un accidente de la historia.

        Y cualquier afirmación sobre lo que el poeta 

        quiso decir exactamente me incomoda.

        Así pues, dejemos el interrogante donde está, 


        al comienzo del poema, 

        y admiremos el coraje de Alcmán 

        al enfrentarse con aquello que pone entre corchetes.

        La cuarta cosa que me gusta 

        del poema de Alcmán 

        es la impresión que da


        de estar soltando la verdad a su pesar.

        muchos poetas aspiran 

        a este tono de lucidez involuntaria 

        pero pocos lo consiguen de forma tan sencilla como Alcmán.

        Por supuesto, esta sencillez es falsa.

        Alcmán no es sencillo en absoluto, 


        sino un maestro del artificio, 

        o lo que Aristóteles llamaba un “imitador” 

        de la realidad.

        La imitación (mimesis en griego) 

        es el término colectivo que Aristóteles otorga a los errores 

        genuinos de la poesía. 

        Lo que me gusta de este término 


        es la facilidad con que acepta 

        que aquello a lo que nos enfrentamos cuando hacemos poesía es el error, 

        la creación a voluntad del error, 

        la ruptura y complicación deliberada de errores 

        a partir de los cuales puede surgir 

        lo inesperado.


        Así que un poeta como Alcmán 

        sortea el miedo, la ansiedad, la vergüenza, el remordimiento 

        y todas las emociones absurdas asociadas al error 

        a fin de enfrentarse al hecho mismo.

        El echo en sí para los humanos es la imperfección.


        Alcmán rompe las reglas de la aritmética 

        y pone en peligro la gramática 

        y desordena el metro de su verso 

        para llevarnos hasta ese hecho.

        Al final del poema el hecho permanece, 

        y Alcmán sigue probablemente igual de hambriento.


        Sin embargo, algo ha cambiado en el cociente de nuestras expectativas.

        Pues, al malinterpretarlas,

        Alcmán ha perfeccionado algo.

        En realidad, ha hecho algo más 

        que perfeccionar algo.

        De un solo trazo.


        Anne Carson. En Hombres en sus horas libres, Editorial Pre-Textos, 2007.

        (Traducción de Jordi Doce).

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